10.4.12

no leo novelas


el 25 de diciembre de 2006, después de empezar el doctorado de poesía nonstop en el que aún estoy, escribí:

* No leo novelas. No leo novelas porque entretienen mi atención y mi atención dura un puño contado. No leo novelas para no perder concentración, golpeo. * No leo novelas. La novela es una maravillosa estructura de preguntas por el mundo, pero sustituye al mundo o lo bloquea o, peor, lo revisiona. Y además es perdurable por editable, imprimible y vendible. Tú publicas una novela que funcione y te forras. Y se dice tu nombre por los altavoces. Ganas en todos los frentes. Eres más guapa. * No leo novelas, entretienen mi atención que todo lo escucha y todo lo lee. Yo no leo novelas ni trabajo en el escenario porque no soy actriz ni escritora. * Una novela es una obra acabada y además tiene una función espectacular bien lograda. Una novela está hecha desde el vamos. Yo no leo novelas, hacen perder la cabeza de quienes no tienen nada que perder. Además es mucho esfuerzo. Además no sé narrar. * … 

también decía el texto algo de un trotsko que aquí no reproduzco. El caso es que, como se ve, se trata de un texto cargado de prejuicios. Prejuicios que sigo alimentando muchas noches si me tiran de la lengua escritores o colegas que sí leen narrativa. Y siempre digo que la narrativa no es para mí porque yo no quiero salir de ni sustituir este mundo sino disolverme en él, hacer ahí, en el lenguaje, etc etc. Además no sé narrar. Además, decía yo, me da la sensación de que los escritores del viejo país de españa sólo escriben novelas de divorciados. Y a los del nuevo país no los conozco, hago por desconocerlos. Más prejuicios. Aún así leí a bolaño (porque es un poeta que escribe sobre poetas), a césar aira - que es un storyteller de flores, qué maś pedir, sobre todo Emma la cautiva, porque no hay trama sino sampler (de La Cautiva), ocio, lengua, lujo y más lujo; a Fresán - sobre todo Historia argentina, varias veces, y Vidas de santos; a Chris Kraus, que no escribe novela sino crítica de arte antiacadémica, cuyo I love Dick tengo en el mismo altar que La Regenta - no leo novelas ahora, pero una vez leí bastantes novelas; a Julián Herbert, porque es el poeta de Kubla Kahn, que escribió esa novela de cuentos llamada Cocaína, pero que, como la química, no cocina una estructura jerárquica, sino una dispersión, un viaje; leí Just Kids que son las memorias de Patti Smith a su amigo/amor/broder Robert Mapplethorpe, para descubrir que Manhattan en los 70 era como Montmartre en los 10-30 (Tomkins: Duchamp, Stein: París, Francia, leí, pero eso no son novelas), o sea, solamente un barrio donde pasaban cosas a gente que se conocía, como pudieron pasarle cosas al barrio de madriz el jueves en la huelga o el sábado de noche en abismal en vaciador; si algunx de mis amigxs del barrio muriera yo también le escribiría un libro de amor como Just Kids, uno que termina diciendo que de todas las obras y empresas que acometieron ellxs fueron la más bella, Patti Smith puede pasar a la historia por eso, por ser una gran amiga. Y ya, creo, más o menos. No leí más o menos narrativa; sólo poesía, ensayo, lingüística, prensa, teatro, cosas así. A lo mejor Sherlock Holmes y cosas sueltas, así, bueno, alguna cosa más. Poco. Hasta que hace unos días me leí El Sur: instrucciones de uso, de Silvia Nanclares (Sevilla/la red: Bucólicas, 2011; descargable y comprable) (remezclable), del tirón, claro. Y descubrí una función de la narrativa que nunca había experimentado en mi barrio. Y es que la narrativa hasta puede hablar del barrio de donde una viene y del barrio al que una va. Del barrio donde no sucede nada, porque se ha empeñado en volverse Ahistórico y Normal; y del barrio donde todo podría pasar aunque una burbuja inmobiliaria se empeñe en deformar la vida y las caras de sus vecinxs. Del padre, nada menos. De los puentes donde se hacen las noches que parecen pequeñas pero son definitivas. Entonces me entraron ganas de matizar los detalles de la ciudad de mi barrio de origen, que no es, por ejemplo Moratalaz sino por ejemplo San Sebastián de los Reyes, de mi hermana que no es exactamente la última en coger el autobus hacia la Historia, de mi colegio que no era exactamente asá, sino así, de los que enseñan inglés para enterrar la historicidad, de mis abuelos que podrían preguntar en gallego por el inglés, pero por lo demás, por lo demás, me entraban ganas de contar palabra por palabra ese cuento y ese libro a alguien muy querido. Entonces pensé en que quizás sí que me gustaría que alguien escribiese todo esto todo esto todo esto que está pasando o que ha pasado, que lo narrase, vaya, no como crónica sustitutiva, sino para que lo percibamos quienes lo estamos viviendo. Parece sencillo, pero es dificilísimo. Hacernos existir, digo.